Desde hace un buen tiempo ya que pienso que la vida es un continuo, que uno, en alguna medida, es parte de una cadena que parece no tener inicio ni final. La vida no comenzó producto de un acto de creación por un ser todopoderoso que podría ser definido como un Dios, sino que es un complejo de procesos químicos y biológicos que están más allá de mi conocimiento y comprensión, para eso están los científicos y estudiosos del tema.
Y la muerte no es el fin, la muerte no es más que un eterno sueño, y nuestro cuerpo “sin vida” continúa siendo parte del ciclo de la vida, mientras los órganos se descomponen, nuevas formas de vida surgen de nuestras entrañas y se encargan de cambiar nuestra forma inicial ¿Qué acaso eso no es vida?
Y si eso es así, ¿por qué negarse a donar los órganos una vez “muerto” uno?, ¿por qué negar la posibilidad de seguir siendo parte del ciclo de la vida?, ¿por qué introducir ese cuerpo “sin vida” –intácto– en un ataúd hermético de madera, bajo tierra?
Por todos deberíamos ser donantes de órganos, quizás suene paradójico, pero resulta que al final la muerte es una oportunidad para seguir siendo parte de la vida.